El calvo Mika Luttinen y sus secuaces acaban de engendrar en estos días a Road to the Octagon, un nuevo capítulo en la historia de los fineses aficionados a beber Casillero del Diablo IMPALED NAZARENE quienes lejos de dar tregua a los oyentes con su black metal, vuelven con más bestialidad que nunca a reventar los tímpanos de quienes se crucen en su camino. Con ustedes, Road to the Octagos de IMPALED NAZARENE...
Como ya se hizo mención, este disco, en términos de sonido, es una carnicería. Respecto a la música es un disco que pretende volver a la esencia un tanto "punky" que la banda adquirió desde principios del 2000 y que había extraviado en su trabajo anterior Manifest (2007). Sin embargo, el resultado es caótico: Road to the Octagon es un disco bastante oscuro como para tener el aura de sus registros anteriores pero con bastante "groove" como para volver a los primigenios Tol Cormpt Norz Norz Norz o a Ugra-Karma.
Sólo 33 minutos de música fueron suficientes para que IMPALED NAZARENE entregara su black metal despiadado, sin concesiones, rápido, crudo y sin tanto arreglo más que el justo y necesario (aunque hay riffs que sobresalen y un par de solos dignos de considerar). Los temas apenas superan en promedio los dos minutos y medio y el blast beat junto con el tuca-tuca son - al igual que otros trabajos previos de la banda - el eje fundamental de este Road to the Octagon.
Pero no por tratarse de un disco brutal significa que este no tenga matices: las cadencias de "Cult of the Goat", la oscurdad de "Rhetoric Infernal" y los riffs melódicos del single "Enlightenment Process" aportan con las variaciones necesarias para no referirse a Road to the Octagon como un disco monótono. El resto es una máquina de moler carne llegando a su máxima expresión en cortes como "Execute Tapeworm Extermination" o "The Day of Reckoning".
Con Road to the Octagon queda demostrado que IMPALED NAZARENE sigue más vigente que nunca y que aunque no hayan sacado un disco memorable dentro de su discografía al menos es una buena excusa para mostrar que siguen vivos y - quién sabe - se animen a darse una vuelta por este rincón del mundo.
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