Devoción es la palabra con la que se puede resumir la visita de OPETH a nuestro país. A pesar de que el día anterior KISS había reventado el Bicentenario de La Florida y hace un par de semanas IRON MAIDEN había escrito leyenda en el Club Hípico, muchos salieron extasiados gritando que era el mejor show que habían presenciado. Y dicha sentencia, exclamada con la excitación de un show redondo tiene sus bemoles que iremos detallando a lo largo de esta nota. Podemos partir diciendo que OPETH pagó la deuda que una productora sinvergüenza contrajo por ellos (recordar el fallido concierto de hace unos años es ya vergonzoso, aún hay quienes no reciben su devolución de entrada por parte de un cara de palo del que aún no hay noticias) y la pagó con creces en un show en que lo más importante estuvo alineado: una BANDAZA (con todas sus letras) y un público entregado.
Y es raro. Personalmente considero que los liderados por el carismático Mikael Åkerfeldt, no son una banda fácil de digerir. Temas complejos, largos, con multiplicidad de atmósferas y casi sin coros, no obstan a una recepción masiva. El pasado sábado en el Caupolicán había fácil cinco mil quinientas personas muy, pero muy ávidas de presenciar el concierto de sus vidas.
Y esa avidez e impaciencia de la gente le pasó un poco la cuenta a los nacionales MANATARMS. Quizás el hecho de que tampoco fueran de un estilo similar a la banda principal tampoco los ayudó. Pero de todas maneras se plantaron con personalidad en un escenario difícil e hicieron su pega de manera digna. Realmente prefiero una banda que se la juegue, a pesar de las dificultades, a que no hubiera un representante nacional o peor aún que se suba un tributo a calentar el ambiente. En ese sentido poroto para la productora y felicitaciones para los MANATARMS.
El tiempo entre los nacionales y los suecos para muchos se hizo largo, pero era tanta la espera que los fanáticos de OPETH habían tenido, que media hora más, media hora menos poco importaba. El aire se tornaba irrespirable, ya casi no había espacios en el Teatro. El sobrio telón con la inconfundible inicial de los nórdicos era señal de que en cualquier momento se venía ese show tan esperado. Las luces se apagan, el griterío se vuelve ensordecedor, la banda entra sin demasiado aspaviento a escena y luego de una intro a cargo de Per Wiberg en los teclados, es “Heir Apparent”, de su extraordinario “Watershed” la encargada de iniciar la descarga. El público entregado y una banda que ya se veía en perfecta forma, con un juego de luces maravilloso. Pero un “pequeño” detalle: el sonido. Era para fanáticos, porque no se entendía nada. Sonar mal en el Caupolicán, recinto que por lejos posee la mejor acústica en el medio, es casi un sacrilegio, pero así no más fue. El problema más grande es que cada instrumento sonaba casi por separado, la voz no se entendía. Pero todo aquello fue suplido por una gran entrega de la banda y por un público que cantaba cada estrofa. “Ghost of Perdition” demostró que el público tiene entre sus favoritos el excelente “Ghost Reveries”. Literalmente el recinto de calle San Diego tembló. El sonido de a poco mejoraba y la banda iba soltándose con el pasar de los minutos. Imagino que tocar ante seis mil enfervorizadas personas debe ser, para cualquier músico sobrecogedor y eso Åkerfeldt lo demostró bastante durante el transcurso del show.
Las primeras palabras del frontman para dar paso a uno de sus clásicos. La excepcional “Godhead’s Lament” de su elemental “Still Life”, fue recibida con euforia. Como dije anteriormente, llama la atención el hecho de que temas largos y que no poseen una estructura definida de “canción”, peguen tanto. Acá son casi diez minutos y pasan volando, con la gente prendida en toda su extensión. Cabe hacer presente un par de cosas: la primera es la tremenda voz de Mikael. Es impresionante ver cómo pasa de unos profundos guturales a una voz limpia que por momentos es hasta suave. Y lo segundo, lo compenetrado que está en la banda Fredrik Åkesson. Es un talentoso, en un momento se mandó un solo digno de su compatriota Yngwie Malmsteen y es un muy buen complemento de Mikael.
Nuevamente un Akerfeldt que se tomó incluso con un poco de humor la euforia del público, lo que dio rienda a simpáticos comentarios, como que cuando grabaron “Blackwater Park” lo hicieron en un lugar donde no había minas ricas (difícil imaginar eso en Suecia, pero bueno…) entonces no les quedó otra que enfocarse en el disco. La monumental “The Leper Affinity” nuevamente remeció el ambiente. Iban casi 40 minutos de música de gran nivel, ya con un sonido consolidado (sin llegar a la perfección) y con una banda que sabía que estaba en una ocasión especial, de hecho en algún momento Mikael señaló que era de los conciertos individuales más grandes que habían brindado.
Posterior a aquello viene un quiebre en el show. Si en un principio habíamos sido testigos de un set con mucho peso, el siguiente “bloque” de temas bajó un poco las revoluciones y nos entregó una banda que, musicalmente, es de un nivel superior. Siguiendo la premisa de “una por disco” (excepto del “Watershed” que sonaron tres y de su disco debut del que no sonó ninguna) “Credence” puso la pausa, los encendedores (y celulares) encendidos a petición de Mikael y dio paso a un show con un poco menos de euforia, pero que mantuvo la intensidad. Y posterior al tema del “My Arms, You Hearse”, toda la sicodelia de “Hessian Peel” de su última placa se apoderó del recinto. Es un muy buen tema, aunque poco digerible. Tónica de los suecos su constante experimentación a lo largo de sus discos. Ninguno suena igual al otro, a pesar de que cada tema tiene un sello característico. Este tema del “Watershed” se pasea por momentos un poco pinfloydianos y no deja de impresionar el escuchar estas canciones tan bien representadas en escena, tanto musical como vocalmente. OPETH es una banda “de verdad” y lo que uno escucha en los discos se reproduce de manera casi exacta en vivo. “Closure” del “Morningrise” fue la indicada para cerrar esta parte menos pesada y bastante más virtuosa, con la gente que no daba crédito a lo que estaba presenciando y que se hubiese quedado muchísimo rato más.
Nuevamente el graciosito de Akerfeldt toma la palabra, molesta al público y retrocede el tiempo trece años. “The Night and the Silent Water” fue el tema más antiguo en salir a escena y de los más brutales. La gente despertó de la hipnosis y comenzó a cabecear sin desenfreno (esta vez con música). Desenfreno que se acrecentó con la excelente “The Lotus Eater” de su disco del 2008, que ha sido internalizado por la gente de muy buena manera, haciéndolos disfrutar con cada nota y que ya, con más de 100 minutos en escena, puso punto final a la primera parte del show.
La banda que sale de escena, pero que no se hace rogar demasiado. Un Mikael que agradece a la gente y que le regala un par de dulces que no estaban considerados en el set original. Dándole voz a los seis mil, un fragmento de “The Drapery Falls” unida con la exquisita “Harvest” sonó casi como un karaoke del teatro completa. Nuevamente un muy agradecido Akerfeldt se comunica con la gente y presenta ya lo que será su último tema. Demás está decir que con “Deliverance”, quedó la grande, la gente ya sabía que no quedaba nada de show y quisieron disfrutar y hacerse pedazos la garganta.
Para muchos fue un sueño cumplido esperado por años, para otros fue el mejor show de sus vidas. Es que OPETH provoca una devoción transversal. Está claro que faltaron bastantes temas y eso quizás dejó gusto a poco, pero fueron más de dos horas de música, de talento y de un show, que si bien partió un tanto flojo en materia de sonido, esto fue suplido por una banda extraordinaria, que desbordó talento, energía y que se retroalimentó con sus fans. Un gran momento que para muchos entrará en la categoría de inolvidable
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